Estás en el receso de treinta minutos. Dejas en el pasto tu torta de pierna medio mordida para sacar un libro de tu mochila. Repasas la teoría de la relatividad con el temor de reprobar el examen. Recoges tu almuerzo del suelo para seguir comiendo mientras lees. Tres mordidas y te quedan veintisiete minutos. Un color negro diminuto se introduce furtivamente en tu garganta; se resiste a bajar por tu laringe e intenta pegarse a una de tus viscosas amígdalas pero la pequeña y mareada manchita negra resbala en un instante hasta tu estómago lleno de agua. Ahí, la mancha consigue nadar hasta un trozo de pan que la salva de morir ahogada. Tú, ignorando que te has tragado un pedacito negro sigues comiendo, cuatro mordidas y faltan veinticuatro minutos. Dejas otra vez tu comida en el plato-pasto, mientras tanto, la indefensa intrusa en tu organismo se aventura esquivando trozos de pierna y pan que le llueven súbitamente, para su sorpresa, encuentra a otras manchas que logran flotar como ella. Tu comienzas a sentir un cosquilleo por el ombligo pero no haces caso, no sabes que las manchas han armado un ejército dentro de ti. Otra mordida y veintidós minutos, sigues estudiando; estás un poco nerviosa porque nunca te alcanza el tiempo para repasar bien, además como eres la única que estudia te preocupas por pasarle las respuestas correctas a los que no pudieron estudiar. Comes los tres últimos bocados de pan con pierna animal y faltan diecisiete minutos. Superando los obstáculos, la colonia de manchitas negras es ahora un gran manto obscuro que avanza. Empiezas a sentir mareos, se te nubla la vista, algo te oprime el pecho y no te deja respirar, trece minutos, te dejas caer.
Las pequeñas negritas habían escalado por tus paredes estomacales dirigiéndose a tu suculento corazón de cereza bañado con miel de maple.
Michel
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