Alebrijes

Pensó en un universo quimérico donde sus creaciones poseían vida propia. Lo soñó.

En un poblado de doscientos habitantes, nadie destacaba en particular por su apariencia externa, pero cada persona tenía la capacidad de crear mundos; algunos secretos en donde los demás habitantes eran piezas de ajedrez, otros cargaban en su mente mundos musicales; flauta, marimba y contrabajos sonaban en su cabeza mientras hacían sus labores en silencio.

Eneas, por un impulso inexplicable comenzó a exteriorizar su mundo interno, nadie lo había hecho hasta entonces y él comenzó por materializar a los personajes que protagonizaban historias en su imaginación; por ello abandonó el trabajo que realizaba desde su niñez; dejó de fabricar guitarras y convirtió su taller en el recinto que lo haría el artesano más atrevido de la sociedad.
Los días de Eneas transcurrían haciendo bocetos, cortando alambres, formando figuras aún sin forma precisa. Sus gatos lo observaban curiosos, quizá curiosos, quizá indiferentes; lo observaban y de vez en cuando se acurrucaban entre las patas de la mesa en donde Eneas daba a luz. Las creaciones poco a poco se conformaban, ya tenían sombra propia, un espacio en el mundo, existían.
Por las noches, Eneas los guardaba dentro de un baúl, apartados de la mirada de los demás, el secreto de la apariencia de sus alebrijes era de él y de los felinos que deambulaban entre los nichos, recovecos y ventanas del taller del artesano.
La expresión facial que plasmaría en sus creaciones resultaba un dilema para Eneas creyendo que esto definiría el carácter que tendrían, la impresión permanente que iban a causar, aun no lo decidía.

Eran tres, los tres inconclusos, grises y sin semblante. Eneas los nombró: uno tenía un par de patas muy largas unidas a un tronco amorfo sin más extremidades, pero aún era solo alambre y papel periódico, la mayor parte de sus características seguían en la mente de Eneas, a este primero lo llamó Tifón.

Apolo tenía el cuerpo de un elefante, dos membranas delgadas de papel conformaban sus orejas a los costados de su cabeza casi redonda y sin ojos, su larguísima trompa era una pata más, podía apoyarla en el piso igual que las otras cuatro terminales que medían casi el triple de lo que medía su cuerpo. El engrudo que unía trozos de periódico; la piel de Apolo; se agrupaba en surcos bajo la piel como si fueran venas transportando sangre. Teseo era poco más que Tifón, su cuerpo redondo contaba con dos patas largas con rodillas anchas; su cuerpo, una calabaza, tenía un par de alas diminutas y dentro contenía la cabeza, la cual se podía ver por medio de una ventanilla enrejada.

A media tarde del noveno día de creación, Tifón, Apolo y Teseo ya contaban con un rostro particular; Tifón tenía unos enormes ojos negros alargados y brillantes, semejaban vidrios polarizados delineados con una delgada franja blanca, estos espejos escondían su interior. Teseo tenía la expresión de un felino con aire místico que no despertaba la curiosidad, por el contrario, aterraba y ahuyentaba así como los gatos de Eneas a los que nunca se les podía mirar a los ojos, mucho menos acariciar, dueños de sus rincones, imponentes. Apolo era elegante, surrealista, no poseía ojos, observaba con sus dos gigantes orejas, aún este aterraba con su trompa como arma, parecía muy veloz.

Cada día los alebrijes formaban su propia personalidad, resultaron ser, al final, copias exactas a los pensamientos de Eneas quien se quedó de pronto vacío de ideas, ya estaba ahí, ya no las tenía que pensar, ahora era más simple, las tenía frente a él, las podía ver físicamente, había logrado darles todo tan solo con plasmarles una expresión…ahora los veía ajenos. Ya eran individuales aunque eran tan solo muñecos, sin embargo su interior era completamente desconocido incluso por su creador, ya eran parte de la población.

Un mes después del nacimiento de estos seres, Eneas decidió guardarlos en el baúl; no se había olvidado de ellos, mas día con día comenzaba a sentir sus músculos demasiado rígidos, se lo contó al quiropráctico del pueblo; la receta: algunos estiramientos y claro, los masajes del sobador. Sus huesos como troncos delgados tronaban cada vez que le apretaban las coyunturas. Era un simple malestar quizá a causa de la edad, “nada de qué preocuparse” le dijo el curandero, “todavía eres un buen peón”…A partir de esta visita los cambios en Eneas eran visibles, aumentaba la rigidez, el color de piel y de cabello se tornaba cada vez más moreno, un color marrón uniforme de pies a cabeza, ya no podía separar los brazos del cuerpo, solo lamentaba no poder trabajar en sus muñecos, era inútil tratar siquiera de comer, de hacer algo, sus gatos se burlaba de él, quizá se burlaban, quizá se compadecían o quizá serían indiferentes ante la situación; con mucha frecuencia rondaban el baúl de las ideas materializadas, sigilosos, misteriosos.


Eneas continuaba experimentando cambios extraños, totalmente inmóvil, solo podía avanzar un paso a la vez, despacio, pensaba muy bien a donde quería dirigirse y no desperdiciar ni un solo movimiento, estaba ahora en las mismas circunstancias que Tifón, Apolo y Teseo, casi sin movilidad, quizá en las mismas circunstancias… quizá los alebrijes lo pensaron una pieza de ajedrez.

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