Herida Rosa



La cicatriz resbala por el perfil izquierdo de un rostro de nueve años. Los dedos pequeños de Emma rozan los bordes de una cicatriz carnosa que, imagina, habita bajo su piel, las puntas de su sensibilidad se deslizan con angustia sobre la rosada herida que parece brotó de pronto y escurre con el paso del tiempo.
Su niñez se ahoga entre juguetes sin compartir, siempre escondida en su casa de muñecas feas, en donde recorre su rostro tan diferente a otros.
Acostumbrada a no entender sin más reflejos que sus manos, busca curiosa su fealdad para sentir que sigue ahí.
Tan lejos de recibir una caricia en su mitad muerta, una parálisis de tristeza la consume y su herida se expande por todos sus años.

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